El tomate es originario de las laderas de
los Andes, en América del Sur, pero,
hoy día, se cultiva extensamente
tanto en los países de clima templado
como en los tropicales. Su cultivo se desarrolló
en México y su consumo era habitual
en la comida indígena, según
describe Bernardino de Sahún hacia
1557 en su historia general de las cosas
de la Nueva España. Es posible que
las primeras variedades llevadas por los
colonizadores españoles fueran amarillas,
puesto que al llegar a Italia le llamaron
pomodoro (manzana de oro). Hasta el siglo
XVIII no se encuentra el tomate en los recetarios
de cocina, dato difícil de entender
ahora cuando prácticamente es invitado
en todas las mesas del mundo.
Es rico en agua y tiene 18 calorías
por cada 100 gramos. Contiene potasio, calcio,
magnesio, fósforo y las vitaminas
A y C. Es diurético y laxante pero
las personas reumáticas deben consumirlo
en menor cantidad por el ácido oxálico
que contiene. La mayor parte de las sustancias
irritantes para el estómago están
en la piel y en las semillas. Por esto y
por los posibles restos de insecticidas
es aconsejable pelarlo antes de consumirlo.
Los mejores tomates son los que maduran
al sol del verano porque tienen mejor sabor.
El tomate se encuentra a la venta todo el
año gracias a las variedades resistentes
al frío. Un tomate fresco, en el
punto adecuado de madurez, debe estar firme
al tacto, con la piel lisa, sin arrugas
y sin manchas.
Los tomates demasiado verdes son indigestos.
Para acelerar su maduración, pueden
envolverse en papel de periódico
y dejarlos unos días en un sitio
oscuro y seco.