El kiwi procede originalmente de áreas
subtropicales. Crece en una planta trepadora
caduca sostenida mediante un sistema de
cables colgantes. Pueden encontrarse variedades
diferentes, aunque por lo general el kiwi
es un fruto oval de piel vellosa y de tono
entre verde y pardo. Su pulpa verde o amarilla,
según la variedad, está llena
de pequeñas semillas negras comestibles.
La producción del kiwi se ha extendido
a áreas templadas del planeta, aunque
Nueva Zelanda continúa siendo el
productor más importante. El kiwi
se cosecha en otoño e invierno y
está disponible durante todo el año
en buenas condiciones de conservación.
El kiwi puede consumirse fresco, en macedonias
de fruta o ensaladas, e incluso cocinado.
Los frutos aún verdes o con la carne
firme pueden conservarse en la nevera hasta
6 meses, una vez expuestos a la temperatura
ambiente, maduran.
El kiwi aporta mucha vitamina C, más
que cualquier otro cítrico, así
como proteínas, vitamina E, Hierro,
Calcio, Fósforo, Potasio y mucha
fibra. Son bajos en calorías y no
contienen colesterol.